jueves, 10 de abril de 2008

En 1534, Enrique VIII se declaró jefe supremo de la iglesia de Inglaterra, suprimiendo , poco después, todos los monasterios de ese país. Por supuesto, como todo cambio revolucionario con grandes rivetes económicos y políticos, la supresión de los monasterios fue un largo y tortuoso camino que solo culminó en 1541. Entre medio, una poderosa contra-revolución en el norte de Inglaterra puso en jaque el mismísimo reinado de Enrique quien, a la sazón, ya había colmado la paciencia de sus súbditos con sus famosas excentricidades. Notando lo peligroso de la situación, Enrique "convocó" al líder de los insurgentes a su corte, prometiéndole una amnistía general junto con una serie de concesiones a los católicos en general. Eventualmente, Enrique terminó entregando también la cabeza del "perpetrador" de la supresión de los monasterios, Sir Thomas Cromwell. Esto le permitió ganar tiempo, reforzar su situación, y asestar un certero golpe a la próxima revolución que naturalmente se produjo cuando Enrique incumplió en todas sus promesas. Por alguna razón esta historia me hizo acordar de lo que está sucediendo con el campo en Argentina. No será que Kristina se replegó a cuarteles de invierno? Cuándo le vendrá el próximo golpe al campo?

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